viernes, 19 de marzo de 2010

OFF SIDE

Este Aureliano --comentó el General Moncada--, lástima que no sea conservador. Gabriel García Márquez


Un virus de insatisfacción vive en la esperanza. George Steiner




Que mi actitud es desconcertante lo veo en el asombro, los gestos displicentes y en ocasiones en los ojos inyecados por un malestar auténtico que nace muy adentro, en las regiones obscenas o sagrdas, de los antiguos amigos que aún deben soportarme. Lo sienteo, pero no puedo continuar oprimiendo mis pensamientos, encerrarlos en la bóveda cerebral; si no los suelto, en cualquier momento, caminando por la calle o yendo en el metro, la cholla volaría hecha pedazos, salpicado a la gente cercana. Seguro que exagero el poder de control cuando supongo que dale rienda sueltaq a mis ideas es un acto volitivo. La verdad es que mis propia crítica, antes tan eficaz al pnto que me estaba dejando mudo, ya no funciona y lo que digo sale aprisa, sin censura, empujado por la sensación de que los últimos veinte años los he vivido completamente equivocado. No me extrañan, más bien me tranqulizan el sentimiento de culpa y a momentos la gran interogante que formulo sobre mi grado de cordura. Los entiendo como síntamos de algo positivo. Mi incoherencia misma, la falta de lógica, la ruptura del hilo que tomo y no sigo hasta su fin, quizá indiquen que hay algo de lo viejo que aún respeto, que todavía aprecio y amo. Por ejemplo, si no sintiera cierto afecto por mis libros, llenos de símbolos de símbolos, de sueños, de fantasías, de ilusiones sobre irrealidades, habrían alimentado el fuego de la chimenea el día que empecé quemando papeles inútiles, recoretes de perióicos con datos, inormes, comentarios y artículos de fondo, propanganda comercial que recibo a montnes, bolsas de supermercado, etc. Hablando con franqueza, el primer impulso era lanzar al fuego los volúmenes de ilosofía, historia, economía, que poco a poco han venido invadiendo mi espacio vital, primero el cuarto de estudio, luego el dormitorio, después la sala, como si ellos mismos se hubieran ido acercando a la chimenea. Cuando quemé los otros papeles, únicamente estaba tomando fuerzas para decidirme pero no pude, quizá por el recuerdo de lo endiabladamente difícil que es para el fuego consumir las ideas empastadas, apretadas en hojas compactas; por el recurdo de la gran fogata qu en el parque central de la ciudad de Guatemala, frente a la Catedral, el templo mayor de los católicos, durante toda una semana convirtiera en humo el pensamiento que se inflaba y tomaba un color azul en algunos lugares (las edciones de Lenguas Extranjeras publicdas en Moscú), en otros un color café (las ediciones mexicanas de Navarro) y que al centro se elvaba en una blanca espiral, por encima de la fuente luminosa que orna tan bello parque. Quizá me detuve también por culpa de Proust. Su obra voluminosa llena de condes, marquesas y de uno que otro príncipe El Tiempo Recobrado, aquella fiesta, las meditaciones en la antesala, los triángulos, los cuadrados, los polieros que forman los años en los rostros de la gente y la honda penetración en la intimidad del hombre, en su vida presente arrastrada por el pasado hacia el porvenir que paraliza el tiempo y la historia, es incuestionable que influyó para que hiciera un alto en mi intención. Sale al paso que estoy hasta la coronilla del contenido de los libros que he indo aprendiendo, o más bien a la inversa, que se ha apoderando de mi pensamiento con la trampa del deleite, con la manipulación que ha hecho de mis emociones que eventualmente ha dejado exhaustas, de mi sexo, al que he tenido que satisfacer de algún modo ante las exigencias provocadas por otros desde sus tumbas imperecederas. A fuerza de lecturas hasta los sentidos dejaros de ser míos, porque en una época tuve el punto de vista kantiano, en otra el de Hegel, luego el marxista. Hablaba, y aún lo hago cuando no soy, conforme a los textos. Es decir, no hablaba yo, sino eran ellos quienes lo hacían a través de mí y lo que entendía por autocrítica, por rigor intelectual, era más bien el mandato, la amenaza de las ideas de los liros, de los grades hombres que han estructurado sólidos sistemas ideológicos y que siempre blanden en alto la férula de la verdad, conminándolo a uno a ser fiel a todo coherente, comprensivo, y a no externar palabras espontáneas, inmediatas, que seguramente estarían situadas fuera de lo justo y al servicio de lo opuesto.


Lo opuesto es lo que desconcirta a las personas a quienes les era simpático cuando recitaba, rezaba conocimientos, cuando hacía mención de nombrs untados de prstigio. La máscara legane, fina, depurada, de que hacía gala, la he tirado y ahora muestro otra imagen que no gusta a aquéllos que ahora comienzan a echarme de sus casas, a donde frecuentemente era invitado pra "amenizar" sus veladas, para asombrar a sus mujeres que se quedaban silenciosas ante el desborde de cultura e ilustración que ya no cabe, lo repito, en mi cabeza. Me echan y yo no les guardo reconcar. Los aprecio como a los libros que no me decidí a quemar. También a mi me apena su disgusto. Quisiera ser con ellos como antes, pero es el caso que ya empezan a repugnarme y no encuentro oro camino para recharlos que agredirlos con mis "verdades"


Sospecho adejás que el malestar de mis antiudos amigos, su encono, nace del sentimiento de que los he timado, de que les tomé el pelo de los lindo haciéndoles creer que era uno de sus semejantes, más aún, que estaba contribuyendo a la formación de unprototipo de persoa que ellos aúnesperan alcanzar, porque en el equívoco de nuestra existencia yo llegué más lejos y fui señalado, npo se bien si como futuro párroco o como mártir de nuestras creencias. Mi nombre, en boca de algunos de ellos, era sustituido por el diminutivo de algún héroe legendario o de novela, lo que reconfortaba mis desvelos. Y un día les di la espalda, con razones que o entendieron. Tanta fue su confusión, que a ciertos personajes serios, taciturnos, de lento y agachado andar y de pocas palabras, no les quedó otro camino que invenar historias y escribir anónimos, plenamente justificados por el engaño de que se sintieron víctimas y que a otra, una mujer, provocó la pérdida de corol de sus sentidos e instintos y plantándome en una esquina se lanzó ciega al torrente de automóviles, corriendo entre el ruido amenazante de las bocinas y el chirriar de los frenos.


Para su perplejidad, yo no me pasé al campo contrario, lo que hubieran aceptado de muy buena gana y hasta con satisfacción. Me ubiqué en lo opuesto, en lo que no toca ninguno de los dos lados. Si hubiera cambiado de bando seguiríamos siendo los buenos camaradas de antaño, me permitirían incluso concurir a sus juntas secretas, los haría sentir acertados en sus convicciones y seguros de que sus condenas a muerte se cumpirían inevitablemente, pero no, al desenmascarme, volví la espalda a las dos partes que en la paradoja de la naturaleza humana batallan por una indeendencia inexistente, dentro de la cual no se puede percibir la simbiosis, la interrelación que hace que una parte se nutra de la otra, se afirme frente a la otra, se defina por la contraria, en una lucha llena de impostura.


Ciertamente, hubieran deseado que me convirtiera en soplón, en un espía celebre como Carlos Manuel Cóluber o la Hostis. Yo no encuentro de qué acusarlos. Los veo transitar por la calle ecerrados en sus cárceles portátiles, recluidos castamente en las aulas del alma mater, enclaustrados en las slas de cine, arrastrando una vida clandestina sin poder salir de sus cuartuchos malolientes. Seía para ellos una incongruencia letal discutir el Qué Hacer e Lenin en el Bosque de Chapultepec, al aire libre, o en La Aurora a las ocho de la mañana. Lo úhico que puedo hacer es señalarles su locura, su engreimiento, su soberbia, su desprecio por la naturaleza, por el ser humano concreto, por el vecino, el prójimo y los hijos. Ninguna de estas actitudes, que yo mismo he ejercido como un virtuoso, está tipificada en el Código Penal, aparte de que ello no tiene importancia cuando la vida entera está etregada a elevados principios, está puesta al sercicio de la humanidad, del arte y de la ciencia, de las grandes causas. ¿Qué se puede decir cuando a un niño abadonado se le premia con una medallita del Komsomol y la cuartadura del muro de la vivienda se oculta con un poster del Che Guevara?


Quiero creer que este rechazo de lo que yo mismo he sido, indica que estoy arrancando las lapas que cubren mi cuerpo de tanto estar hundido en aguas negras, que estoy trantando de logar una integridad coherente y madura que sustituya esa personalidad mutilada en su base, semejante a los zapatos que no calzo en las fiestas de gala de mis sueños, que siendo mía he olvidado cómo es y compensado con mis supercherías, con el Partido, por ejemplo, en donde se me exigía fe, disciplina y se me daban consignas, instrucciones, órdenes; con los libros; con las mujeres, sobre quienes he descargado la ira de mi impotencia para encararme a la vida solo, con mi cuerpo, mi sexo, mi corazón, mis brazos y con mis pensamientos, sin prótesis ni muletas.


No es mi propósit, definitivamente no, fastidiar a los demás. Allá ellos. No debieran planarse el guante. Están cotentos. Un día hice un alto y empecé a conocerlos, más bien a reconocerme viéndome en ellos, como ante el espejo me miro el rostro, el movimiento de los ojos totalmente involutario, incotrolable, las arrugas, las canas, a través de las cuales he incursionado pra saber que ocultan. Frente a mis hermanos gemelos dispersos por el mundo, de todas las edades, de todas las condiciones, me indigno por toda la vida derrochada. Y la indignación los mata dentro de mí. Uno a uno van muriendo mis otros William Wilson, cuando ataco mi vanidad, mi egoísmo, mi sadismo. Ahí van quedando sus breves cadáveres en la plaza, dsconcertados porque o veían en mí a un asesino, con sus rostros displicentes y la última idea prendida en la retina de que los he traicionado. Con ellos va quedando, lo siento, mucho de lo que creí y soñe.

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